El árbol del Nim

El árbol del Nim

Javier era el benjamín de la casa. Durante la visita que realizaron a la tía Julia, no pudo evitar “coger” un muñequito de fieltro y guata que le gustó, pero cuando se arrepintió ya era tarde y lo enterró en la era del patio, a falta de mejor solución.1 Juan, el mayor, desde niño había manifes-tado inclinaciones más sensatas y se había interesado por todas las labores agrícolas. Jugaba a ser útil. Era útil mientras jugaba a emular a los mayores. Su padre se lo llevaba orgulloso al campo y le enseñaba todos los entresijos del oficio. La hermana mayor ya se había casado y la que antecedía a Javier tenía una edad en la que estaba más interesada por las amigas y los estudios, que en jugar con el pequeño, que había sido hasta entonces un juguete entretenido para ella.

Tal vez por verlo algo solo y desamparado o para que cogiera otros rumbos distintos de los duros de la agricultura, siempre pendientes del tiempo, sufriendo por los precios de las cosechas y las plagas y además porque se le veía espabilado, decidieron ponerle interno en el colegio Sagrada Familia, ese que está detrás del Estadium Casablanca)

En el colegio escribía cada semana una misiva a sus padres, sin saber bien que decirles , porque el mundo se había dividido entre la realidad actual y la apariencia de familia que quedaba cada vez más difuminada. Se limitaba a pedirles cosas. Ejemplo de una carta que se encontró una vez en una limpieza general:

Q. Padres:

Enviadme una navaja de Albacete, un chorizo, una lata de aceitunas, una linterna militar de esas que tienen filtro y rojo y un botón de señales para ver por la noche y unos calcetines gruesos de esos que tienen rombos de colores, porque todos los compañeros los tienen así. 2

Besos, Javier”

Cuando Javier tuvo cierta edad los compañeros hablaban con frecuencia en corrillos secretos de mujeres y supuestas relaciones que habían tenido en verano y hazañas sexuales prodigiosas. Aún siendo de pueblo y habiendo visto muchas cosas que sucedían en la naturaleza, no alcanzaba el nivel de libertinaje que se suponía, por lo visto, que debía dominar un verdadero hombre.

Urdió un plan para conseguir dinero y entrenarse con la meretriz del pueblo3 y así poder ser uno más en vez de uno de menos y comenzó a intercambiar favores de deberes de matemáticas, chorizos, laterío vario, apuestas de guiñote y silencios cómplices para atesorar capital suficiente. Guardaba el dinero en un escondrijo detrás de un ladrillo en el sótano de las duchas porque de vez en cuando había registros.

Cuando se tiene un empeño a veces la fuerza del querer se convierte en pasión y la pasión en obcecación y la obcecación en degradación. El caso fue que Javier cayó en la tentación de apropiarse de la bolsa bronceada que se dejó el Padre Dominico por descuido encima de una silla cuando vino a dar una conferencia sobre Bombay.

Desgraciadamente cuando abrió la bolsa descubrió que sólo contenía semillas.

Felisa, la madre de Javier solía guardar algún céntimo que le sobraba de la compra del Economato de Ultramarinos, cuando no había nadie avizor, en el pucherito de alpaca que estaba en el estante más alto de la alacena, ese que antes tenía al lado el azucarero de cristal que fue desplazado por otro de cerámica de Muel, resto de la excursión que hizo la familia al lugar.

Antes de que ingresara en el colegio, Javier se había levantado en una ocasión, sigilosamente de la siesta obligada, esa que se suponía que era para que durmiera y cogiera energías, pero que él sabía que en realidad era un momento que se concedía su madre para darse un respiro o salir a comprar. Vio la maniobra sospechosa de su progenitora alzando la mano y mirando de soslayo por si era espiada sin saber que había una personita sospechando de la sospechadora.

Cuando se fue a la solana a tender ropa, Javier se subió al taburete para espiar lo que su madre había dejado y repasando los tarros, en busca quizá de almendras garrapiñadas, galletas María, higos secos, orejones, nueces o caramelos de limón que se compraba Doña Felisa para la carraspera,4 queriendo descubrir la India encontró la América de la hucha, y cayó en la tentación de coger unas monedas, pensando en que no las echarían en falta, para invertirlas en sidrales y pipas saladas.

Por algún motivo Doña Felisa descubrió que faltaban, ¿tienen las madres un sexto sentido que les hace presentir acaeceres incomprensibles a la luz de la razón?. Mientras preparaba la cazuela del día, atareada cortando cebollas, pelando zanahorias, limpiando borrajas, deshuesando pollo y Javier curioseaba ese trajín con mucha atención por si le agasajaba con algún manjar de aperitivo, Doña Felisa dijo de pronto:

-No sabrás por casualidad algo de unas monedas que faltan del pucherito de alpaca?

-¿Yo? No tengo ni idea de que tuvieras una hucha –le mintió, sin poder evitar ponerse rojo como un tomate-.

-¿Estás seguro? Te lo digo porque a los ladronzuelos y a los mentirosos Dios hace que se les caiga la pilula.

Javier tuvo un sueño en el que se le caía la pilula e intentaba enganchar el trozo caído apretando muy fuerte para que la sangre y la carne unieran las partes disyuntas, y espantado ante la posibilidad admonitoria del castigo divino optó por enterrar las monedas en la antigua era de la casa, en el extremo opuesto al sauce, que luego llamó la “casa de Judas” por contener restos de otras actividades indeseables, como solución menos mala que devolverlas y delatarse mediante una prueba de que era él el bribón en la familia.

En el entierro de las monedas rezó un padrenuestro de atrición, por si acaso.

Tampoco las semillas podía devolverlas porque ya había comenzado el revuelo de la búsqueda. Por lo visto eran esenciales para una misión agrícola de vital trascendencia para la sobrevivencia de un poblado.

Hubo registros exhaustivos. Hicieron desnudarse a todos los estudiantes en el patio hasta la hora de dormir. Les castigaron durante días para ablandar al culpable castigando al inocente y las investigaciones duraron prácticamente hasta las vacaciones del verano.5

Javier, asustado, aterrorizado y acojonado..6 paró su proyecto recaudatorio en seco y cuando ya iban a coger el autobús pretextó una necesidad perentoria urgente y bajó al sótano a recoger las semillas del mal y los ahorros, ocultándolos en los calzoncillos. De vuelta hizo una carrera ciega hasta su asiento. No pensaron en cachearle como temía y al llegar al pueblo se llevó a purgar el botín repudiado en la era de la “casa de Judas”.

También enterró botellitas de insulina, matarratas y sosa cáustica utilizadas en una campaña absurda para matar al gato que le sustituía en casa y que se llevaba los mimos de menino que de pequeño él recogía.

Enterró wodka, pastillas de éxtasis, hachís y cascos de cervezas de sus primeros escarceos con los quintos del pueblo.7

Zar, el mastín guardián de la granja, a menudo se meaba en la zona, atraído por los olores extraños. Marcando el terreno del mal para que nadie se pudiera mofar de él.

Se fue creando un ronchón yermo en el lugar de los sucios secretos y conforme cometía tropelías de edad insustanciada, robaba novias a los mejores amigos y abusaba de las ayudas familiares se iba extendiendo la mancha de Judas.

 Todo comenzó a cambiar cuando se prendó de Teresa. Bueno, ensoñando que le quitaba prendas imaginarias o que la esclavizaba en un Harén o sometía en una mazmorra,8 llevaba mucho tiempo, pero todo cambió cuando ella le confesó que también le gustaba. Una vez declarado el amor sin freno se desató elevándolos a las nubes de la irrealidad etérea y al aterrizaje carnal.

En la era nació un pequeño brote, símbolo de que no todo estaba perdido y de que la naturaleza todo lo perdonaba.

Al cabo del tiempo pudo saberse que se estaba desarrollando el árbol del Nim de la India. A su vera, en cuanto los frutos y las hojas tejieron sobre la tierra su manto de redención comenzaron a aparecer Dilenias, Caña indica, Cempasúchil, Cartamo y Moringas. En el pueblo se asombraban de estas plantas tan ajenas al lugar y cuando los paseantes nocturnos salían a dar una vuelta, se acercaban para saludar y ver la evolución del milagro.

A veces los acontecimientos suceden a la vez, florece el jardín, un jardín nacido de sucios lodos, todo sea dicho y al mismo tiempo florece el amor. No puede decirse que exista una causa entre una cosa y otra, sino que es una coincidencia natural más allá de la razón.

A veces Javier se sentía feliz y miraba hacia el sauce con serenidad y otras temía estar en un sueño, que podía acabar y miraba hacia el Nim para sumergirse en el vaho de su embeleso curativo.


COMENTARIOS

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Javier, el pequeño de la familia, comienza a hacer pequeños hurtos, a su tía Julia, por ejemplo, de cosas que entierra porque luego se arrepiente como unas monedas que ‘encuentra’ buscando dulces en la alacena. En el colegio trapichea con sus compañeros para ahorrar un dinero y adquirir experiencia sexual para igualar las hazañas de los modelos ‘ideales’ de masculinidad.

Consigue un botín que resultan ser semillas de la India, importantes para el mundo de la agricultura. En el colegio se investiga para encontrar al ladrón y ante el temor, Javier esconde su botín en la era cuando vuelve de vacaciones, en un lugar en el que también enterró y lo seguirá haciendo en el futuro, cosas de las que no está orgulloso. Sus errores hacen que esa parte del patio adquiera carácter de ‘mancha’, a menudo regada por el perro.

Se produce un cierto proceso de maduración (consigue una novia) y coincidiendo con ese crecimiento personal también crece el árbol del Nim, de propiedades maravillosas.

En su patio, en su vida, crecen árboles y flores exquisitas que le permiten alcanzar la serenidad y la cura de sus errores.

Seguramente, en el trascurso de nuestras vidas, cometemos errores, fracasamos, nos equivocamos y realizamos acciones de las que no estamos orgullosos. Pero se trata tal vez de un proceso de individuación, de un camino que recorremos, que finalmente puede atravesar meandros sinuosos e ir a parar a lagos maravillosos.

El cuento trata de ejemplificar la posibilidad de que en los lodos crezcan las flores más bonitas.


NOTAS TÉCNICAS

1 Preguntamos a los presentes si alguno, en edades pretéritas había sisado dineros o hecho alguna pequeña fechoría o gamberrada.

2 Los presentes son inducidos a dejarse arrastrar por las peticiones y demandar algún objeto o alimento que quisiera añadir al ‘paquete’.

3 Preguntamos con aparente inocencia si este puede ser el arranque sexual de algún muchacho, si conoce alguien un caso similar.

4 Pedimos a los oyentes que supongan que exquisitez podría tener una alacena que un niño quisiera afanar a hurtadillas.

5 Se solicita en un aparte la opinión a los presentes de si este era un buen proceder o ellos hubieran utilizado otro método para sacar a la luz al ladronzuelo de semillas.

6 Aprovechamos para practicar el bis de sentimientos de estar asustado. “con los huevos por corbata”, por ejemplo se le ocurre a uno, “espantado” dice otro y así sacamos una ristra de sinónimos como al pasar, sin perder mucho tiempo en ello para no perder el ritmo del cuento.

7 Hacemos una pausa, que los oyentes, acostumbrados a esta clase de indicadores, aprovechan para añadir “o jeringuillas, o coca”…)

8 ¿Añade el narrador “Supongo que tener fantasías truculentas y desatadas debe ser normal cuando no se tienen relaciones sexuales” O es que Javier os parece algo rarito?

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